Hornos ladrilleros de Allen emplean niños bolivianos (2da. Parte)

    Luis vive desde hace seis años en Colonia 12 de Octubre: “Acá se trabaja mucho y no se puede reclamar a los patrones porque si no te gusta, te dicen que agarres tus cosas y te vayas. A ellos no les sale nada despedirte porque no tenemos papeles, a lo sumo si te echan te hacen un arreglo de plata en el que siempre sale ganando en dueño del horno. Y que uno ni piense en ir a denunciar al Ministerio de Trabajo porque eso sí que los pone furiosos a los patrones. Yo estoy muy agradecido con Argentina porque en Bolivia vivíamos muy mal y acá por lo menos tenemos para darles de comer y educar a nuestros hijos”.

Según Luis Cáceres, secretario general de la Unión Obrera Ladrillera de la República Argentina (UOLRA), unas 150.000 familias viven de la actividad ladrillera en el país: “La mayoría de los trabajadores no están registrados, no tienen obra social ni aportes jubilatorios. Hay trabajo esclavo y trabajo infantil. En algunas provincias, la mayoría de los trabajadores son de la comunidad boliviana, como por ejemplo, en Buenos Aires, Córdoba, Río Negro, Mendoza, una parte de San Luis y Santa Fe”.

Como apunta Cáceres, la vida en los hornos suele encubrir trabajo infantil (prohibido por la legislación argentina) y trabajo esclavo, con lo que se podría hablar de trata de personas, considerada un delito según la Ley 26.364 que pena la explotación de mayores y menores de edad. Hay dos situaciones —entre otras que describe la norma— en las que se considera que existe explotación, aplicables (de comprobarse) a la actividad ladrillera:

“a) Cuando se redujere o mantuviere a una persona en condición de esclavitud o servidumbre o se la sometiere a prácticas análogas;

b) Cuando se obligare a una persona a realizar trabajos o servicios forzados;”.

Por otra parte, la Ley 26.364 especifica que para que haya trata de personas debe haber clientes que se beneficien con la explotación. En este caso, se incluirían los patrones que manejan los hornos.

Explotación, personas en situación de vulnerabilidad, clientes: cuando se cumplen estos tres puntos, es correcto hablar de trata de personas. No es casual que esta tarea sea hecha por migrantes y por fuera del derecho laboral argentino, es la forma de fabricar productos a bajo costo. Por eso, la intervención del Estado es indispensable para indagar en qué contexto se desarrolla el trabajo en los hornos.

OBREROS LADRILLEROS

En los campamentos, hombres y mujeres (en su mayoría de nacionalidad boliviana) trabajan a la par en la elaboración de los ladrillos. Lo hacen en jornadas que pueden alcanzar las 10 ó 12 horas, según la época del año. La temporada alta de la elaboración de ladrillos comienza en agosto / septiembre y se extiende hasta abril / mayo. Durante el invierno, se paraliza por las condiciones climáticas, pero ese periodo es aprovechado para preparar los campamentos para la temporada siguiente: se acopia leña y otros insumos que necesita la actividad.

Los obreros son “pordieros” (trabajan por día) o “por tanto”, es decir, a destajo, hasta completar la tarea.

La necesidad de hallar mejores condiciones de vida llevó a los trabajadores bolivianos a emigrar hacia la Patagonia. En la mayoría de los casos, ingresaron a la Argentina de manera ilegal, desde el norte. Antes de llegar a Río Negro, muchos trabajaron en Córdoba y Mendoza, donde también se elaboran ladrillos artesanales, o en la horticultura, en diferentes áreas de la provincia de Buenos Aires.

FACTORES DE LA MIGRACIÓN

Roberto Benencia, docente de la Facultad de Agronomía de la Universidad de Buenos Aires e investigador del CONICET, señala dos causas como principales factores de la migración boliviana hacia la Argentina: las condiciones económicas, laborales y sociales en el país de origen y la economía receptora con déficit de mano de obra no calificada, a la cual el arribo de inmigrantes le es funcional.

Según un informe publicado en el 2012 por la Pastoral de Movilidad Humana, más de tres millones de ciudadanos bolivianos viven fuera de su país. El mismo organismo destacó que 1.200.000 de los bolivianos que dejaron su país reside en la Argentina. Es el caso de María, obrera de los hornos: “Hace unos 15 años, cuando llegamos a la Colonia 12 de Octubre con mi marido, sólo se paraba para comer algo y después seguíamos hasta la noche. Poco descanso y mucho trabajo. Los cortadores, que siempre venían desde Bolivia porque acá había pocos que se dedicaban a ese oficio, cortaban los ladrillos hasta aprovechando la luz de la luna. Con mi familia también trabajamos en la cebolla y cosechando uvas en Mendoza pero volvimos al ladrillo”.

Para la licenciada en Antropología, Perla Brevi, quien participó en el estudio que la Universidad Nacional de Río Negro (UNRN) y el Consejo Federal de Inversiones (CFI) realizaron sobre la actividad ladrillera, se da, en algunos casos, un sistema de “autoexplotación”: se genera entre los obreros una competencia para ver “quién puede lograr más”. Para algunos propietarios de los campamentos, la actividad es muy próspera. “A veces hay grandes desigualdades sociales dentro de la comunidad. Algunos tienen mucho dinero y han accedido a bienes, fruto del trabajo, y otros viven en condiciones de bastante precariedad”, dice Brevi.

TRABAJO INFANTIL

Que los niños trabajen es visto por los horneros ladrilleros como una “cuestión cultural” y no como una situación de explotación infantil. En agosto del 2009, cuando en Allen se desató un debate sobre el tema, el ex vicecónsul boliviano, Juan Carlos Espinoza, reconoció la problemática, pero negó que hubieran existido casos de explotación. Dijo en su momento que los niños sólo “colaboran” en el trabajo diario con sus padres, ya que esa es una costumbre que traen arraigada desde Bolivia.

En la Argentina, la Ley 26.390, sancionada en el 2008, prohíbe el trabajo infantil y establece modalidades de protección del trabajo adolescente. Fija la edad mínima de admisión al empleo en los 16 años, prohibiendo el trabajo de las personas menores de esa edad en todas sus formas, exista o no relación de empleo contractual, y sea el empleo remunerado o no.

Ver a niños y adolescentes trabajando en los campamentos es frecuente. Para la Asociación de Ladrilleros Árbol Río Negro, que agrupa a los propietarios de los hornos de Colonia 12 de Octubre, la situación que se da con los menores es “cultural” y no de trabajo infantil. Víctor Flores, presidente de la entidad, dice: “Nosotros nunca los obligamos, es cultural. Nos hemos criado así, nuestros padres nos educaron así. Igual que la familia argentina le enseña a los chicos a manejar movilidad y salen con esa mentalidad. Muchas veces los chicos dicen que quieren aprender a manejar el tractor. Y cuando empiezan a manejar se entusiasman y ellos solos se van. Yo les digo a mis compañeros que les pueden enseñar un rato pero que no estén muchas horas trabajando”.

“PARA LOS CHICOS EL TRABAJO ES ALGO NATURAL”

Norma Mora, asistente social del Hospital Dr. Ernesto Accame, explica que “se reproduce el sistema social que tienen en su país de origen: fuerte patriarcado, rol prevalente del hombre, los niños a la par de la familia trabajando, sumados los adolescentes y los jóvenes”. Cuando el Estado quiere intervenir en esos contextos, encuentra dificultades, dice Panero, de la Secretaría Provincial de Trabajo, porque “es muy difícil hallar a los chicos trabajando, cuando ven llegar a la gente del organismo, se esconden o huyen para algún sector”.

Cáceres, secretario del sindicato de ladrilleros (UOLRA), apunta que las situaciones de trabajo infantil se dan tanto cuando hay un patrón que controla la producción, como en los emprendimientos autogestionados por las familias: “El horno está en la casa y los chicos se crían jugando al lado. Para esos chicos, el trabajo es algo natural, que tiene que ver con el lugar en el que viven”. Desde UOLRA, explica el delegado, proponen que el Estado cree parques ladrilleros, para separar el ámbito doméstico del laboral.

Lucas Manjon, jefe de investigaciones de la Fundación Alameda, considera que las prácticas culturales nunca pueden vulnerar derechos: “El respeto al derecho debe estar, incluso desde lo penal, porque si nos amparamos en ‘patrones culturales’, volvemos a la Edad Media. Para asegurar el cumplimiento de los derechos, dependés del Estado”.

En el 2011, un estudio sobre trabajo infantil en hornos de ladrillos en el municipio de Las Heras, Mendoza (impulsado por la Dirección de Empleo de la provincia, el Observatorio de Trabajo Infantil y Adolescente del Ministerio de Trabajo, la Organización Internacional del Trabajo y UNICEF) concluía que “El análisis de las consecuencias del trabajo infantil permite inferir que los niños, niñas y adolescentes que trabajan no cuentan con las mismas oportunidades educativas respecto de los que no realizan tareas laborales.Trabajar en los hornos de ladrillos o en el hogar afecta negativamente las trayectorias y desempeños educativos de los niños”.

Manjon conoce la estructura de trabajo en los hornos ladrilleros: hace dos años relevó lo que ocurre en Jesús María, Córdoba, donde se repite una estructura operativa muy parecida a la de Allen. “El sistema es cruel: es tan alto el objetivo de producción que deben alcanzar, que necesitan sumar el esfuerzo de los niños. Las familias, a veces, resignan los derechos de los chicos, en función de asegurar el despegue económico. Por otra parte, vienen de situaciones de gran vulnerabilidad en su país de origen, con lo cual, incluso situaciones irregulares de vivienda y trabajo las experimentan como un progreso”, explica.

“Para nosotros, es fundamental abordar los derechos laborales y los derechos de la niñez. No se puede dejar su cumplimiento sujeto al criterio individual o de

un grupo, el marco legal que nos ampara en la Argentina debe estar asegurado para todos los habitantes”, concluye Manjon.

NIÑOS EN RIESGO

La infancia en los hornos de ladrillos no es fácil. No existen espacios recreativos y los niños que viven allí están permanentemente expuestos a riesgos. Tractores, elevadores, camiones de gran porte y en pésimas condiciones mecánicas circulan a diario por sectores en donde los chicos también juegan.

En el 2008, un niño de un año y medio murió aplastado por un tractor. En el 2009, una beba de 18 meses se electrocutó por la precariedad de las instalaciones. Si bien la chiquita pudo ser reanimada en el hospital, los peligros que enfrentan niños pequeños sin la supervisión de adultos (porque están trabajando) pueden terminar en hechos trágicos: en el 2015, un nene de un año y diez meses cayó en una acequia y se ahogó.

El Diario.


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